Analogía de "El hombre mediocre" y el Pulido de la Piedra Bruta
Introducción
La Piedra Bruta
La metáfora de la piedra bruta es un símbolo fundamental en la masonería y una metáfora universal de superación personal. Ella representa el estado inicial del ser humano: se halla repleta de imperfecciones, aristas, ego, e ignorancia, pero con un potencial latente de DESARROLLO y transformación. En ella yace la idea de la perfectibilidad, y se debe trabajarla.
Los masones trabajan en la construcción del templo moral, consagrado a la virtud y a la ciencia, y, los afanes del aprendiz deben estar dirigidos constantemente a desbastar, constantemente, la piedra bruta (representada por él mismo), lo que significa, simbólicamente, en tratar de dominar sus pasiones, pulir sus defectos y perfeccionar su espíritu, quitando con el auxilio del mazo y el cincel, todas las asperezas que originan las vicisitudes y los malos hábitos de la sociedad profana.
El trabajo interior que se realiza por ella físicamente, significa desbastar y pulir el carácter, usando herramientas simbólicas como el mazo y el cincel, para eliminar los defectos.
El gran objetivo es el proceso en sí del pulido, buscando convertir esa piedra irregular en una piedra cúbica, que será estable y útil para construir un templo espiritual o una sociedad mejor.
Desarrollo
Biografía y figura de José Ingenieros
Nació en Palermo, Italia, el 24 de abril de 1877, como Giuseppe Ingegnieri, y poco después emigró con su familia a la Argentina. Allí, realizó sus estudios primarios en el Colegio La Anunciación y, debido a las dificultades económicas del hogar, trabajó corrigiendo pruebas de imprenta junto a su padre, quien además le encomendaba traducciones del italiano, francés e inglés.
En 1892 concluyó sus estudios secundarios en el Colegio Nacional de Buenos Aires, año en el que también fundó el periódico La Reforma. Posteriormente cursó estudios en la
Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires, donde obtuvo los títulos de farmacéutico y médico. Se especializó en Psiquiatría, llegando a desempeñarse como Jefe de la Clínica de Enfermedades Nerviosas de dicha casa de estudios.
Durante su vida profesional, desarrolló una destacada labor docente y mantuvo una activa participación en la vida universitaria. Fue fundador de la Sociedad de Psicología en su país, y, en 1909, fue elegido presidente de la Sociedad Médica Argentina. Asimismo, realizó estudios de perfeccionamiento en las universidades de París, Ginebra, Lausana y Heidelberg.
La acción masónica de José Ingenieros
José Ingenieros tuvo una profunda relación con la masonería a lo largo de su vida, una influencia que comenzó desde su infancia con el paradigma paterno y le sirvió como una plataforma clave para su ascenso social, su trascendencia en lo político y su mundo intelectual.
Considerado uno de los referentes insoslayables del pensamiento argentino y americano, dejó una huella indeleble en la historia intelectual y cultural de la historia y de la masonería. Ha sido un médico eminente, especializado en psiquiatría, criminólogo (se lo sigue citando en la cátedra de “Criminología” de la Facultad de Derecho de la UNA y en otras más), filósofo, docente y prolífico escritor. De hecho, sus ideas ejercieron una notable influencia sobre la juventud universitaria de su país que protagonizó la famosa reforma universitaria de 1918.
Desde temprana edad, Ingenieros tomó contacto con los principios y valores de la masonería a través de su padre, don Salvador, participando desde el 22 de agosto de 1888 como Lubetón (hijo de un maestro masón, hoy, similar a un De Molay), en la Logia Unión Italiana Primera Nº 90, donde fue iniciado formalmente el 5 de agosto de 1898.
Con su padre, colaboró en la redacción de la Revista Masónica, hasta 1904, además de publicar, en coautoría, la obra Breve historia de la Masonería y otros trabajos vinculados con la filosofía y los fines de la Institución.
Aspectos de “El hombre mediocre”
El hombre mediocre (de 1913) de José Ingenieros es un ensayo filosófico y sociológico que critica a los individuos que carecen de ideales, conformándose con la rutina y la imitación.
Es así que el autor contrasta la mediocridad pasiva con la originalidad del hombre idealista o superior, quien es el motor del progreso social.
Los conceptos clave de la obra se dividen en los siguientes cuatro puntos: estudio del hombre mediocre, la sombra de la sociedad, la envidia y el hombre superior.
En primer lugar, encara al hombre mediocre, el que carece de personalidad propia,
originalidad y convicciones. Se trata del ser sumiso a la rutina, a los prejuicios sociales y a la
opinión de la mayoría. Se deja llevar por otras personas. Su mayor motivación es la búsqueda de comodidad y seguridad, evitando el sacrificio o el cuestionamiento del status quo.
En segundo lugar, la sombra de la sociedad. Trata de que el hombre depende de la
imitación para encajar. En lugar de perseguir la gloria o trascender a través de grandes obras, se conforma con aplausos efímeros y recompensas materiales inmediatas.
Posteriormente, se halla el tercer punto: la envidia. Es una de sus pasiones principales, pues el mediocre suele sentir rencor hacia aquellos que sobresalen por su talento o moralidad, intentando rebajarlos a su mismo nivel.
Por último, trata del hombre idealista o superior: es el polo opuesto. Se guía por la imaginación creadora y lucha por ideales que perfeccionen la realidad. No teme al fracaso ni a la incomprensión de las masas, buscando dejar un legado duradero y auténtico.
Extractos de “El hombre mediocre”
“El hipócrita no aspira a ser virtuoso, sino a parecerlo; no admira intrínsecamente la
virtud, quiere ser contado entre los virtuosos por las prebendas y honores que tal condición puede reportarle. Faltándole la osadía de practicar el mal, a que está inclinado, conténtase con sugerir que oculta sus virtudes por modestia; pero jamás consigue usar con desenvoltura el antifaz”.
“No diremos por eso que el virtuoso es infalible. Pero la virtud implica una capacidad de rectificaciones espontáneas, el reconocimiento leal de los propios errores como una lección para sí mismo y para los demás, la firme rectitud de la conducta ulterior. El que paga una culpa con muchos años de virtud, es como si no hubiera pecado: se purifica. En cambio, el mediocre no reconoce sus yerros ni se avergüenza de ellos, agravándolos con el impudor, subrayándolos con la reincidencia, duplicándolos con el aprovechamiento de los resultados”.
“A los que dicen: «no hay tonto malo», podría respondérseles que la incapacidad de mal no es bondad. Aún está por resolverse el antiguo litigio que proponía elegir entre un imbécil bueno y un inteligente malo; pero está seguramente resuelto que la imbecilidad no es una presunción de virtud, ni la inteligencia lo es de perversidad”.
“Admitamos que la primera vez se ofende por ignorancia; pero creamos que la segunda suele ser por villanía. El mal no se corrige con la complacencia o la complicidad”. “Son simples beneficiarios de la mediocridad moral que les rodea. No son asesinos, pero no son héroes; no roban, pero no dan media capa al desvalido; no son traidores, pero no son leales; no asaltan en descubierto, pero no defienden al asaltado”.
“Las mediocracias de todos los tiempos son enemigas del hombre virtuoso: prefieren al honesto y lo encumbran como ejemplo. Hay en ello implícito un error, o mentira, que conviene disipar. Honestidad no es virtud, aunque tampoco sea vicio. Se puede ser honesto sin sentir un afán de perfección; sobra para ello con no ostentar el mal, lo que no basta para ser virtuoso. Entre el vicio, que es una lacra, y la virtud, que es una excelencia, fluctúa la honestidad”.
“Borran de la historia que el más sabio y el más virtuoso de los hombres, Sócrates, bailaba.» Esta aguda advertencia de Montaigne, en los Ensayos, mereció una corroboración de Pascal en sus Pensamientos: «Ordinariamente suele imaginarse a Platón y Aristóteles con grandes togas y como personajes graves y serios. Eran buenos sujetos, que jaraneaban, como los demás, en el seno de la amistad. Escribieron sus leyes y sus retratos de política para distraerse y divertirse; ésa era la parte menos filosófica de su vida. La más filosófica era vivir sencilla y tranquilamente.» El hombre mediocre que renunciara a su solemnidad, quedaría desorbitado; no podría vivir”.
“Ser tonto, egoísta, y tener una buena salud, he ahí las tres condiciones para ser feliz. Pero si os falta la primera todo está perdido”.
“El concepto de la normalidad humana solo podría ser relativo a determinado ambiente social; ¿serían normales los que mejor «marcan el paso», los que se alinean con más exactitud en las filas de un convencionalismo social? En este sentido, hombre normal no sería sinónimo de hombre equilibrado, sino de Hombre domesticado”.
“Las rebeldías románticas son embotadas por la experiencia: ella enfrena muchas impetuosidades falaces y da a los ideales más sólida firmeza. Las lecciones de la realidad no
matan al idealista: lo educan”.
“Nada cabe esperar de los hombres que entran a la vida sin afiebrarse por algún ideal; a los que nunca fueron jóvenes, paréceles descarriado todo ensueño. Y no se nace joven: hay que adquirir la juventud. Y sin un ideal no se adquiere”.
“Quien obtiene favores sin tener méritos, debe temblar: fracasará después, cien veces, en cada cambio de viento. Los nobles ingenios solo confían en sí mismos, luchan, salvan los obstáculos, se imponen”.
“Astrónomos hubo que se negaron a mirar el cielo a través del telescopio, temiendo ver desbaratados sus errores más firmes”.
“Los actos que al principio provocaban pudor, acaban por parecer naturales; el ojo percibe los tonos violentos como simples matices, el oído escucha las mentiras con igual respeto que las verdades, el corazón aprende a no agitarse por torpes acciones”.
Conclusión
Trascendencia masónica de “El hombre mediocre”
La obra de “El hombre mediocre” fue publicada en épocas de efervescencia local y
mundial (1913). Pese a su juventud de entonces (36 años), el filósofo argentino publicó este
ensayo ético y sociológico fundamental con aires masónico-educativos. Su trascendencia radica en oponer el conformismo rutinario (piedra bruta) al idealismo transformador (piedra cúbica), llamando a la sociedad a rechazar la apatía, el compromiso y la búsqueda de la excelencia, la originalidad y la integridad moral.
El legado e impacto cultural de la obra, profundiza en la crítica contra conformidad y la conformidad (zonas de confort), el idealismo como utopía permanente, defendiendo el progreso cotidiano del ser humano, por sobre las pasiones. También, la vigencia sociopolítica, por sobre la lectura de las dinámicas de las masas y la importancia de fomentar los liderazgos basados en la meritocracia, la ética y los talentos.
Desde entonces, y hasta ahora, la obra del H.’. Ingenieros ha generado un vasto debate sobre sus implicaciones ideológicas. Algunos análisis destacan que el ensayo interpela profundamente al lector, y en especial al iniciado, invitándolo a despertar su conciencia, mientras que otros autores han reflexionado sobre la necesidad actual de mantener vivas estas exigencias intelectuales y morales.
José Ingenieros falleció el 31 de octubre de 1925, a la edad de cuarenta y ocho años, a consecuencia de un cuadro de meningitis agravado. No obstante, la brevedad de su existencia, su legado intelectual trascendió el tiempo, erigiéndose en símbolo del perfeccionamiento humano y en inspiración de nuevos ideales para las generaciones venideras, como egregia figura de masón comprometido.
Fuentes
• Gran Logia Simbólica del Paraguay (1997). Cartilla de instrucción en Grado de aprendiz.
Asunción: Comisión de docencia y rituales. GLSP. 20 p.
• Ingenieros, J. (1996). El hombre mediocre. Buenos Aires: Fausto. 178 p.
• Internet. “La masonería argentina” (disponible en: Página “Paraje confluencia”):
https://www.facebook.com/parajeconfluencia. Extraído el 23/05/2026.
• Lavagnini, A. (2000). Manual del aprendiz. Buenos Aires: Kier. 173 p.